La mirada del otro
Relatos literarios lo definen con lámpara a carburo, en mano o colgada al hombro. También “…recio enmaderador que con su fuerza fortificaba ‘cruzados’ y drifts, minero de pique que ‘corría’ a pulso chimeneas y piques o que preparaba el bloque que a continuación otro minero cargaba con explosivos cual escultor que culmina una obra colectiva…y buitrero que con su diario macear hacía ‘correr’ el cobre en colpas hacia molinos y hornos”.
En relato de Robert Haldeman, ingeniero de minas estadounidense que Ilegó en 1941 a trabajar en El Teniente, señala lo que es ser el minero que trabajaba en El Teniente:
” era algo muy serio y respetable, un oficio que no se lograba de un día para otro, si no que ‘se hacía’ y eso tomaba más de una generación. El jefe o minero más antiguo iba traspasando la ‘artesanía’ del trabajo. En esa época, eran mineros ex-campesinos, hombres huasos a los que había que enseñar, por eso uno aprendía con un ‘gancho’ al lado. ¡En la mina, a mí me tocó con (Jorge) Contuliano y él decía que yo no sabía nada porque no usaba faja!
El capataz era vital dentro del cerro, como juez y profesor que hacía escuela diaria en la mina, actuando en la elección del hombre, éste sirve, éste no, lo probaba hasta que aprendía, lo cambiaba para ascenderlo o enviaba al final de la lista donde hiciera menos ‘daños’; el flojo se iba. Los castigados eran frecuentes en niveles superiores, producto de peleas por colocar el carro y defender’ el trato’. Toda la Compañía era una enseñanza permanente, un trabajo bruto, casi sin máquinas, donde la única ‘pega’ fina era la de escribiente”,
Recopilación Libro “El Teniente Los Hombres del Mineral” 1945 – 1995 tomo II, María Celia Baros Mansilla, Capítulo I “El Humo”
El “enganche” de estos mineros
Muchos fueron enrolados por la modalidad del “enganche”. Así lo confirma el recuento de los lugares de origen de las mismas 355 víctimas de El Humo. Ellos venían desde el norte grande (Arica, Iquique, Antofagasta, Calama, Tocopilla); norte chico (Copiapó, Tierra amarilla, Salamanca, Combarbalá, Illapel, Camarico, Peralillo, Coquimbo); de la costa(San Antonio, Valparaíso); de la capital y sus alrededores (Santiago, San Miguel, Puente Alto, Pirque, Los Andes, San Felipe, Melipilla, Alhué, Navidad, Curacaví)zona central (Hospital, Paine, Nancagua, Paredones); zona centro -sur (Cahuil, Pichilemu; Rengo, Chimbarongo, Villa Alegre, San Javier; Roma y Agua Buena de San Fernando; Vichuquén, Longaví, Requínoa, Molina, Santa Clara, Pinto, Chépica, Almahue, Almendro, San Clemente, San Manuel, San Rafael, San Fabián, San Nicolás, San Vicente, San Ignacio, Huepil, Zúñiga, Perquenco, Copequén, Niribilo, Talca; La Estrella de Colchagua; Pemuco, Lo de Lobo, Los Maquis, Rere, Palmilla, Curicó, Rinconada, Linares; El Valle, Selva Oscura, Cauquenes, Maule; Coihueco, Nebuco, Quillón, Chanco y El Carmen de Nuble) y zona sur (Los Ángeles, Parral, Curepto, Yumbel, Tucapel, Placilla, Constitución, San Carlos, Chillán, Bulnes, Nacimiento, Coronel, Quiriquina, Concepción, Talcahuano; Teno, Lautaro, Angol, Traiguén, Nueva Imperial, Temuco; Los Lagos, Valdivia).
De los 355 muertos del Humo 179 eran solteros, 168 casados y 8 viudos.
Recopilación Libro “El Teniente Los Hombres del Mineral” 1945 – 1995 tomo II, María Celia Baros Mansilla, Capítulo I “El Humo”
Lo que vestía
Entre los enceres que se rescataron de los fallecidos en la tragedia del humo se podría describir una imagen de este minero:
Como ropa de trabajo usaba ropa interior como camisetas polo v/s calzoncillos cortos y largos en desigual cantidad, ellos tenían uno a varios pares de calcetines, un par de suspensores o tirantes, un cinturón de cuero y otro de elástico, y una faja casi siempre roja. Era común a muchos trabajadores, el uso de pañuelos de seda, de mano o de cuello; una o más camisas; un blusón; pantalones, camisas y zapatos de trabajo, o pantalones de mezclilla, camisas kaki y “terno” de trabajo. En invierno, siempre un chaleco, chomba y/o sweater, pero apenas una bufanda o un par de guantes. Como calzado, solían usar zapatones y no botas, zapatos de calle a menudo negros y cafés.
En ausencia de casco, aparecía un “yoque”, un gorro de lana y un jockey de cuero, pero infaltable en todos era uno a dos sombreros, de color negro o plomo.
Ello y la presencia de un terno listado-por lo regular de color azul y pantalón de fantasía, era la moda para viajar a Rancagua. De su elegancia, dan cuenta pares de puños y cuellos de camisas, al menos una corbata, ambo, paletó o vestón y casaca de cuero, y pocos abrigos, que podía ser listado o color cáscara. Y como tantos iban y venían con sus cosas entre la faena y su casa de provincia, para el traslado siempre hubo a mano una bolsa ropera, quintalera o saco; o en su defecto un canasto de mimbre, canasto maleta, una maleta de cartón, de mimbre, de madera, de cuero, con y sin llave; o un maletín con fuelle.
Objetos de valor material y sentimental. Hay anotados relojes despertador, de bolsillo con cadena, pulsera, y uno conservaba hasta un reloj mural y otro un tocadiscos, ambos en mal estado. Únicas joyas eran cadenas, piezas y/o anillos de metal blanco (sólo un occiso poseía colleras). También un llavero, llave con cadena o candado con llave. Entre ellos y quizás porque no se usaban las actuales fotos femeninas ligeras de ropa, eran conservados recuerdos como ligas, una blusa o un abrigo de dama.
Rara vez ahorraban o mantenían consigo dinero en efectivo sólo tres tenían 7, 11, 18 pesos, y otro, monedas anudadas a un pañuelo y menos, una alcancía. En su lugar, preferían billeteras y, sobre todo, caja o cajitas de madera con llave, para custodiar documentos privados.
Recopilación Libro “El Teniente Los Hombres del Mineral” 1945 – 1995 tomo II, María Celia Baros Mansilla, Capítulo I “El Humo”






